2001
Si la investigación empírica ordenada por las autoridades de gobierno evidencia que existe relación entre la contaminación del agua y el tajo ubicado en Belén, es conveniente que los representantes del grupo de empresas Pedregal dejen de asumir la actitud defensiva -meramente legalista- que hasta el momento les ha caracterizado y empiecen a asumir, en consecuencia, la responsabilidad de sus propias decisiones empresariales.
La vieja teoría del accionista, mediante la cual la responsabilidad única de la empresa es generar utilidades, hoy ha perdido consistencia. No se trata de negar que esa es una de las obligaciones de toda empresa. Pero no es la única. Junto con los propietarios, están los clientes, los empleados, los proveedores y la comunidad. Como escribió Tanginika Cuascud, especialista en temas de ética en los negocios, eso significa que hay que “hacer negocios con la debida preocupación por los derechos y las expectativas de todas las partes interesadas. Significa hacer negocios como si además de las utilidades importaran las personas. Significa ofrecer a los clientes un producto decente a un precio justo; respetar los derechos y la dignidad de todos los empleados; honrar todos los contratos y compromisos con los proveedores; reconocer las responsabilidades civiles y sociales de la empresa ante la comunidad de la que forma parte...”. Desde el punto de vista ético, los negocios no son un asunto privado.
Si aquella relación se comprueba, no es la norma jurídica la que debe hacer que los propietarios y ejecutivos de la empresa Pedregal reaccionen en defensa de la preservación de la calidad del agua, sino sus propias normas éticas que, me imagino, deberán estar a favor de la preservación del ambiente.
Si eso fuera así, el grupo de empresas Pedregal podría, por ejemplo, destinar una suma importante de dinero para rehabilitar lo que pueda rehabilitarse en la zona del tajo y garantizar la preservación de la fuente de agua. Y podría, también, destinar algunos recursos para la investigación e implementación de nuevas formas de explotación de tajos que minimicen su impacto ambiental.
Podría, también, generar una cultura organizacional que promueva, dentro de sí misma, el uso equilibrado y sostenible de los recursos naturales. Ofrecer a sus empleados capacitación interna y pasantías. Generar algunas normas internas mediante las cuales procure desestimular, dentro de sus ejecutivos y empleados, la práctica de procesos productivos atentatorios de ese uso equilibrado y sostenible.
E incluso, el grupo de empresas Pedregal podría convocar a otras empresas del sector, explicarles su experiencia particular, las medidas que adoptó en preservación del ambiente y proponerles la emisión de un Código de Ética del sector para que todas ellas asuman ese mismo compromiso solidario.
Es cierto que las empresas no son personas morales. Pero no puede negarse que son agentes morales, capaces de pensar, elegir y actuar en consecuencia. Es decir, son moralmente responsables y pueden estar obligadas a dar cuenta de su comportamiento, tal como está sucediendo en la actualidad con el grupo de empresas Pedregal.
La vieja teoría del accionista, mediante la cual la responsabilidad única de la empresa es generar utilidades, hoy ha perdido consistencia. No se trata de negar que esa es una de las obligaciones de toda empresa. Pero no es la única. Junto con los propietarios, están los clientes, los empleados, los proveedores y la comunidad. Como escribió Tanginika Cuascud, especialista en temas de ética en los negocios, eso significa que hay que “hacer negocios con la debida preocupación por los derechos y las expectativas de todas las partes interesadas. Significa hacer negocios como si además de las utilidades importaran las personas. Significa ofrecer a los clientes un producto decente a un precio justo; respetar los derechos y la dignidad de todos los empleados; honrar todos los contratos y compromisos con los proveedores; reconocer las responsabilidades civiles y sociales de la empresa ante la comunidad de la que forma parte...”. Desde el punto de vista ético, los negocios no son un asunto privado.
Si aquella relación se comprueba, no es la norma jurídica la que debe hacer que los propietarios y ejecutivos de la empresa Pedregal reaccionen en defensa de la preservación de la calidad del agua, sino sus propias normas éticas que, me imagino, deberán estar a favor de la preservación del ambiente.
Si eso fuera así, el grupo de empresas Pedregal podría, por ejemplo, destinar una suma importante de dinero para rehabilitar lo que pueda rehabilitarse en la zona del tajo y garantizar la preservación de la fuente de agua. Y podría, también, destinar algunos recursos para la investigación e implementación de nuevas formas de explotación de tajos que minimicen su impacto ambiental.
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